
Cuento en la posguerra" en el 1936.
Francisco,
un chico de once años, que vivía con su abuela en una granja.
Este
perdió a sus padres en la guerra, y su abuela lo tenía en su
granja; cuando llegaban los militares, la abuela lo escondía, pues era de origen judío, que entonces eran perseguidos y matados.
Así el niño fue creciendo y no era mal chico; el niño jugaba con
las gallinas y los conejos, sí era muy feliz.
La
abuela, que había sido maestra, le enseña a leer y escribir y fue
creciendo.
El
tiempo transcurre muy rápido; ya con diecisiete años, este chico fue
cambiando, pero para mal: le mataba las gallinas y los conejos, ya no
ayudaba a la abuela en nada. Ella era tan mayor que apenas si podía
moverse.
Un
día ya no podía estar más allí y le dijo a su abuela, que tanto
hizo por él, que la odiaba, que su vida era una mierda por estar
cuidándola a ella y que ya no aguantaba más. Estrelló los platos de
la cena, y desde entonces todo fueron malos tratos a su abuela, que
incluso llegó a pegarle.
La
pobre abuela quedó con el alma rota por aquel trato que le daba su
nieto, y sus lágrimas brotaban a borbotones. Ella solita en su
salón ni podía levantarse de la mesa; con aquel delantal que ella
siempre se ponía para guisar, secaba sus lágrimas.
Miraba
toda la casa de reojo, pensando qué pudo hacer mal para ese trato tan duro.
La
pobre abuela agarró su bastón que posaba en el respaldo de su
silla y, como pudo, se fue a su dormitorio, que estaba cerca del
comedor. Se tumbó en la cama, sin taparse siquiera, y seguía
llorando, recordando a su hija muerta, la madre del chico, hasta quedar dormida, sollozando de pena, y hacía un frío tremendo esa
noche.
Se
ha levantado Francisco y, sobre las seis de la madrugada, ha bajado y
se ha dirigido a la cocina.
Allí
su abuela escondía todo su dinero, montones de billetes; los cogió
y en una maleta de estas grandes de cartón, que era lo que entonces
se llevaba. Y se marchó, pero topó a la salida con una gallina
vengadora; él, con todo el coraje, cogió a la gallina y la metió con
el dinero en la maleta y se largó a la estación.
Allí,
por casualidad, esperaba el tren y se subió ligero, abandonando a su
abuela.
Ya
por los Pirineos le dio hambre, pues no había comido nada.
En
su camarote viajaba solo y decidió coger dinero para comprar algo de
comer.
¿Cómo
fue la cosa? Que cuando abrió la maleta, la gallina se había comido
todos los billetes.
Cuando
quiso agarrar la gallina, ella saltó y por la ventana le dijo adiós,
revoloteando, y cojeando, marchó por el campo.
Él
se vio de lo más pobre del mundo y superlejos de su casa.
A
la semana siguiente, un vecino granjero que vivía al lado de la
abuela fue a visitarla.
Pero
allí olía muy mal. El granjero, al ver que no contestaba, se asustó
y se fue a la Guardia Civil, y comentó que algo pasaba en esa casa. Él explicó que la abuela vivía con su nieto y que nadie
contestaba.
Así, la Guardia Civil se personó en la casa y se encontró a la
abuela muerta en su cama.
Ella
había muerto esa misma noche en que su nieto la robó y la
abandonó.
Bueno,
es lo mejor que le debió de pasar, antes de ver que su nieto la
robaba.
Enrique
Nieto Rubio.
Derechos
reservados.
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