
Hace algunos años, conocí a un anciano dueño de una granja muy grande, a quien le gustaban mucho los animalitos.
Vivían todos los animales sueltos por la granja. Allá, en lo alto de una pequeña rampa, vivían las gallinas; abajo, en el río, los patos, los cerditos; más al lado, los conejos por todos sitios.
Sin que nadie se percatara, un huevo de gallina que rodó y rodó hacia abajo fue a caer en el nido de mamá pata. ¡Nadie se dio cuenta!Los conejos decían: ¡Parece un poco mariquita!
Las tortugas... ¡Vaya qué pato más feo!
Y, como era de esperar, más de alguno dudó de la honorabilidad de mamá pata.
La desconcertada mamá pata la excusaba diciendo: Está tan solo un poco loquito... pero es mi hijo, e igual lo quiero.
Pues era evidente que era especial..., ya que cuando todos los patitos iban en línea recta detrás de su mamá, ese no paraba de dar vueltas y vueltas, picoteando todo lo que veía a su alrededor.
Llegaron al agua, y esta era muy torpe, no paraba de saltar en el agua; pero era muy lista para otras cosas; se metía debajo del agua... cosa que todavía no sabían hacer los demás patitos.
Esta empezaba a picotear el fondo del lago, pues allí había gran cantidad de comida... Al picoteo subía mucha comida para arriba y todos los patitos empezaban a comer y comer; esto a la mamá pata le gustó, pues dijo: ¡Vaya, vaya, con la patita que lista me ha salido!
Con el tiempo, los peces comenzaron a quejarse de la gallinita patosa, porque la comida, decían, era de ellos... Y esta, en respuesta, también los picoteaba... Así pues, la guerra había empezado.
A la mamá pata no le hacía ni caso, pues parecía no escucharla... o quizás comprenderle, ya que cada vez que la mamá decía: Cuac, cuac, cuac... La hija respondía: ¡Pío, pío, pío! Se entendían muy mal.
Pasó algún tiempo cuando salían del agua para secarse; los patitos se sacudían moviendo la cola, pero esta solo tenía un pequeño plumerillo, y el culo en pelota picada.
La madre la miraba por detrás y decía: ¡Vaya prenda, me ha salido!
El papá pato miraba a la mamá pata diciendo en voz baja: ¿Dónde te habrás metido tú para tener a esta joya de plumas?
¡El papá salía corriendo diciendo: ¡Anda ya, pata loca, que estás como una cabra!
La mamá, al ver que no hacía carrera de ella, la llevó al centro de los sabios doctores, cerca del árbol grande. Allí vivía una gran eminencia, era el búho Chicharrón; era muy mayor y muy experto, pues como volaba por todo el contorno, sabía de todas las familias. A esto, pasando por la madriguera de los conejos, el papá conejo, al oír jaleo fuera, preguntó a su esposa:
Pasó el tiempo y un día mamá pata... decidió ir por la pequeña gallina patosa... Pero cuando llegó, por más que lo intentó, ya no distinguía cuál era su hija.
Como todas ellas lucían tan felices, con lágrimas en los ojos, comprendió que su amada hija pertenecía a ese lugar.
La desconcertada mamá pata la excusaba diciendo: Está tan solo un poco loquito... pero es mi hijo, e igual lo quiero.
Pues era evidente que era especial..., ya que cuando todos los patitos iban en línea recta detrás de su mamá, ese no paraba de dar vueltas y vueltas, picoteando todo lo que veía a su alrededor.
Esta empezaba a picotear el fondo del lago, pues allí había gran cantidad de comida... Al picoteo subía mucha comida para arriba y todos los patitos empezaban a comer y comer; esto a la mamá pata le gustó, pues dijo: ¡Vaya, vaya, con la patita que lista me ha salido!Con el tiempo, los peces comenzaron a quejarse de la gallinita patosa, porque la comida, decían, era de ellos... Y esta, en respuesta, también los picoteaba... Así pues, la guerra había empezado.
A la mamá pata no le hacía ni caso, pues parecía no escucharla... o quizás comprenderle, ya que cada vez que la mamá decía: Cuac, cuac, cuac... La hija respondía: ¡Pío, pío, pío! Se entendían muy mal.
Pasó algún tiempo cuando salían del agua para secarse; los patitos se sacudían moviendo la cola, pero esta solo tenía un pequeño plumerillo, y el culo en pelota picada.

La madre la miraba por detrás y decía: ¡Vaya prenda, me ha salido!
El papá pato miraba a la mamá pata diciendo en voz baja: ¿Dónde te habrás metido tú para tener a esta joya de plumas?
La gallina patosa le picoteaba al padre por meterse con su mamá, pues le había oído y, como tenía el pico más fino que los demás patos, esta dolía mucho.
¡El papá salía corriendo diciendo: ¡Anda ya, pata loca, que estás como una cabra!
La mamá, al ver que no hacía carrera de ella, la llevó al centro de los sabios doctores, cerca del árbol grande. Allí vivía una gran eminencia, era el búho Chicharrón; era muy mayor y muy experto, pues como volaba por todo el contorno, sabía de todas las familias. A esto, pasando por la madriguera de los conejos, el papá conejo, al oír jaleo fuera, preguntó a su esposa:

¿Qué ocurre allí afuera?

La esposa le dijo: Nada es la mamá pata que lleva a su hija al sabio búho.
-¡Esa pata loca! <Refiriéndose a la hija>... ¡Nos trae por la calle de la locura a todos!
Sí, el otro día la vi, jugando con un huevo vano... a la pelota. Me reí mucho, pues como el huevo rodaba en círculos, esta parecía que iba a perder la cabeza corriendo detrás del huevo.
Llamaron al sabio búho... quien con una voz ronca dijo:
¿Qué deseáis?
La pregunto a mamá pata:
-Verá usted, señor búho, mi hija, que hace lo que quiere y se comporta de forma diferente a todos sus hermanos.
Este se puso el ala entre la boca, y pensando vio que más bien parecía una gallina, y le dijo:
Señora, ¿está usted segura de que es hija suya?
¡Hombre, claro, han nacido todos juntos!
Pues me da que algo no va bien... ¡Su pata es una gallina!
¿Comooooo? Muy enojada exclamó:
¡Cómo va a ser una gallina mi pata, hombre!
Se marchó muy cabreada.
Pasó el tiempo y un día fue a visitar a doña Gallina.
- ¡Hola, vecina gallina!
¿Qué le trae por aquí? ... ¿Cómo están sus hijos, doña Pata?
- Ah, muy bien, allí en el prado jugando.
¿Y qué desea?
- Pues verá usted, llevé a una de mis hijas al sabio búho, y me dijo que mi hija era una gallina... ¿Usted se cree?
¡Ahh! ¿Y por qué lo diría?

La esposa le dijo: Nada es la mamá pata que lleva a su hija al sabio búho.
-¡Esa pata loca! <Refiriéndose a la hija>... ¡Nos trae por la calle de la locura a todos!
Sí, el otro día la vi, jugando con un huevo vano... a la pelota. Me reí mucho, pues como el huevo rodaba en círculos, esta parecía que iba a perder la cabeza corriendo detrás del huevo.
Llamaron al sabio búho... quien con una voz ronca dijo:
¿Qué deseáis?
La pregunto a mamá pata:
-Verá usted, señor búho, mi hija, que hace lo que quiere y se comporta de forma diferente a todos sus hermanos.
Este se puso el ala entre la boca, y pensando vio que más bien parecía una gallina, y le dijo:
Señora, ¿está usted segura de que es hija suya?
¡Hombre, claro, han nacido todos juntos!
Pues me da que algo no va bien... ¡Su pata es una gallina!
¿Comooooo? Muy enojada exclamó:
¡Cómo va a ser una gallina mi pata, hombre!
Se marchó muy cabreada.
Pasó el tiempo y un día fue a visitar a doña Gallina.
- ¡Hola, vecina gallina!
¿Qué le trae por aquí? ... ¿Cómo están sus hijos, doña Pata?
- Ah, muy bien, allí en el prado jugando.
¿Y qué desea?
- Pues verá usted, llevé a una de mis hijas al sabio búho, y me dijo que mi hija era una gallina... ¿Usted se cree?
¡Ahh! ¿Y por qué lo diría?
—¡Pues eso digo yo! —contestó mamá pata.
A esto que la gallina patosa había seguido a su madre y esta le preguntó:... Anda, ¿y tú qué haces aquí?
- Esta le respondió: No tenía ganas de nadar, y te he seguido.
Vaya, vaya, dijo mamá gallina... ¡Conque esta es tu hija! Vamos a ver... sí, sí... efectivamente se parece mucho a mis hijos.
Ah... pues sí... ¡Es idéntico a aquel! La gallina patosa corrió a jugar con su pelota de huevo, con las otras gallinas; disfrutaban todas dando vueltas y vueltas alrededor del huevo.
Se lo pasaron pipa, estuvieron toda la tarde jugando, mientras mamá pata y mamá gallina tomaban un té con cereales.
Las jóvenes gallinas, algo cansadas y después de tanto jugar, quedaron tumbadas en el suelo, y no paraban de reír. Sin embargo, se hacía tarde, por lo que mamá pata le dijo a la gallina patosa:
-¡Hija, nos tenemos que marchar!
La pequeña le suplicó a su mamá: ¡Por favor! ¡Déjame quedarme unos días... que me lo paso muy bien!
La mamá gallina intervino y le dijo a mamá pata:
-Mira, no te preocupes, que aquí estará muy bien; déjala unos días... y así veremos qué pasa.
Bueno, acepto su amable invitación... Muchas gracias, vecina.
Ahora me marcho con mis otros hijitos, ya que mi marido no sabe nada de esta visita...
¡Adiós, señora gallina!
-¡Vaya con Dios, doña Pata!

La gallina patosa muy feliz se quedó y entusiasmada dijo a sus amigos: ¿Mañana echaremos otro partido, vale?
—¡Sí, sí, síiiii!... —Decían los pollos saltando de alegría.
Cuando mamá pata llegó a su casa, le comentó a su marido que había ido a casa de doña gallina; y que sus hijos eran idénticos a su pequeña gallina patosa... y que la pequeña había querido quedarse con ellos por algunos días más.
—Ah... bueno, está bien que disfrute... —Si ella se siente a gusto jugando con gallinas, ¿qué le vamos a hacer? —respondió el papá pato, mientras terminaba de engullir con afán su cena.
A esto que la gallina patosa había seguido a su madre y esta le preguntó:... Anda, ¿y tú qué haces aquí?
- Esta le respondió: No tenía ganas de nadar, y te he seguido.
Vaya, vaya, dijo mamá gallina... ¡Conque esta es tu hija! Vamos a ver... sí, sí... efectivamente se parece mucho a mis hijos.
¿No cree?

Ah... pues sí... ¡Es idéntico a aquel! La gallina patosa corrió a jugar con su pelota de huevo, con las otras gallinas; disfrutaban todas dando vueltas y vueltas alrededor del huevo.
Se lo pasaron pipa, estuvieron toda la tarde jugando, mientras mamá pata y mamá gallina tomaban un té con cereales.
Las jóvenes gallinas, algo cansadas y después de tanto jugar, quedaron tumbadas en el suelo, y no paraban de reír. Sin embargo, se hacía tarde, por lo que mamá pata le dijo a la gallina patosa:-¡Hija, nos tenemos que marchar!
La pequeña le suplicó a su mamá: ¡Por favor! ¡Déjame quedarme unos días... que me lo paso muy bien!
La mamá gallina intervino y le dijo a mamá pata:
-Mira, no te preocupes, que aquí estará muy bien; déjala unos días... y así veremos qué pasa.
Bueno, acepto su amable invitación... Muchas gracias, vecina.
Ahora me marcho con mis otros hijitos, ya que mi marido no sabe nada de esta visita...
¡Adiós, señora gallina!
-¡Vaya con Dios, doña Pata!

La gallina patosa muy feliz se quedó y entusiasmada dijo a sus amigos: ¿Mañana echaremos otro partido, vale?
—¡Sí, sí, síiiii!... —Decían los pollos saltando de alegría.
Cuando mamá pata llegó a su casa, le comentó a su marido que había ido a casa de doña gallina; y que sus hijos eran idénticos a su pequeña gallina patosa... y que la pequeña había querido quedarse con ellos por algunos días más.
—Ah... bueno, está bien que disfrute... —Si ella se siente a gusto jugando con gallinas, ¿qué le vamos a hacer? —respondió el papá pato, mientras terminaba de engullir con afán su cena.Pasó el tiempo y un día mamá pata... decidió ir por la pequeña gallina patosa... Pero cuando llegó, por más que lo intentó, ya no distinguía cuál era su hija.
Como todas ellas lucían tan felices, con lágrimas en los ojos, comprendió que su amada hija pertenecía a ese lugar.
Volvió sola a casa... y desde entonces de nuevo reinó la calma en su hogar, y en toda la granja.
Aunque ese problema no era el único, pues en el margen derecho de la granja, cerca de la linde de la montaña, estaba un conjunto musical, pues se acercaban las fiestas de la primavera, y allí había como una cueva en la montaña, además de una buena explanada, allí se ponía la feria de abrir.
Este conjunto de grillos ensayaba su nuevo musitar.
Grigri, gri, gri, y eso era un tormento para los pevinos que, alarmados por los perros, no podían descansar. Pero a esto se les unieron las chicharras; estas sí que eran escandalosas, pero ya tenían la feria encima. También había unos tábanos con su tos, tos, pero lo mejor es que vino la mejor cantante, Lilit de la Fontana, una hermosa mariposa monarca que cantaba unas fantásticas baladas. Pasaron los días y este último sábado los cohetes, miles de luciérnagas, participaban en ellos.
Así que la feria quedaba inaugurada. Toda la granja fue a la feria: las gallinas, muy bien alicatadas con sus plumas preciosas; hasta los pavos reales, con su extenso abanico de colores, eran dignos de verlos; los conejos, preciosos, y los patos, encantadores. Todo el paseo se llenó de luces de colores. Un gran grupo de jilgueros y canarios animaba a todos los visitantes en la entrada ferial. Esto sería una semana de fiesta. A la gallina patosa, que de patosa no tenía nada, esperó a mamá pata en el recinto de baile y ella iba preciosa con un hermoso gallo bien alicatado con esa hermosa cresta. La madre a ella no la conocería ya, pero la gallina le tocó por la espalda con su ala y le dijo: Mamá, ¿qué es que ya no me conoces? Ella se volvió y se abrazaron con una alegría inmensa, se besaron y bailaron todas juntas.
Enrique Nieto Rubio
*Derechos reservados*
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.


















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